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Vinos de película

  • Foto del escritor: Cocó Malbec
    Cocó Malbec
  • 14 feb 2025
  • 9 min de lectura

Actualizado: 20 mar 2025




Tal y como sucede en el caso del cine de Hollywood, en la historia del cine español existen varias películas en las que está presente –de manera más o menos directa- la cultura del vino. Pero, sobre todo, abundan los filmes en los que el vino aparece en momentos determinados, casi siempre en contextos de celebración y vivencias compartidas. Al mismo tiempo, el vino es -en cierta manera- “telón de fondo”, pues abundan las escenas filmadas en tabernas y bares en los que las botellas de vino cobran una importancia significativa.

 

Y de la misma manera que sucede con el cine estadounidense, también en el cine español observamos -con el transcurso del tiempo- significativas transformaciones en relación a la imagen del vino trasmitida en las películas.

 

Existen ciertas diferencias entre el rol otorgado al vino en el cine clásico estadounidense y el español. Así, en el caso de Hollywood, las películas de comienzos del siglo XX presentan al vino como algo elitista y asociado a la alta sociedad, cuyo consumo es identificado como un signo de prestigio, poder y posición. Sin embargo, en el caso español, un repaso a nuestra filmografía clásica permite constatar otra aproximación al vino.

 

Una buena parte de los títulos producidos en España desde finales de los años 20 hasta bien entrados los años 50 presentan una serie de rasgos comunes: son películas en las que se hacen presentes algunos de los tópicos más característicos de la cultura española que se manifiestan, por ejemplo, en la confluencia de personajes como los cantaores y/o los toreros. En ese cine se gesta también una imagen muy concreta de la mujer española, identificada con el prototipo de la mujer andaluza, de marcados rasgos faciales y ataviada de manera “tradicional”, con mantones y flores en el pelo. En ese cine, que podríamos denominar costumbrista, se hace bien presente el vino, pero lo hace -casi siempre- en contextos marcadamente populares.

 

Sin duda, uno de los ejemplos más significativos de la presencia del vino en el cine español -por lo temprano de su aparición y por su propia temática- es la película “La Bodega” (1930), una coproducción hispano-francesa dirigida por Benito Perojo y basada en la novela homónima de Blasco Ibáñez. El filme cuenta la historia de Fermín, quien trabaja en las bodegas de la familia Dupont en la ciudad de Jerez, en unas condiciones miserables. Frente a la presencia del vino, asociado a lo popular, en la película aparece también el champán, pero asociado a las clases más pudientes y en ambientes muy glamurosos que nada tienen que ver con el contexto general en el que se desarrolla la trama.

 

En otros significativos títulos de los años 30, como “Nobleza baturra” (1935), “Morena clara” (1936) o “Carmen la de Triana” (1938), el vino está también muy presente, y hace su aparición -sobre todo- en contextos como las tabernas. Son numerosas las escenas en las que se observan botellas, porrones y jarras de barro. En estas películas, el vino está asociado a un consumo marcadamente popular.


Esa vinculación vino-cultura popular continúa presente en la filmografía de los años 50. El costumbrismo sigue siendo una constante lo que se traduce en la predilección por ciertos ambientes sociales (populares) y por la presencia de la cotidianeidad. Una cotidianeidad en la que el vino está bien presente. Además, dado el contexto socio-político, el cine español de esos años funcionó como un importante aparato de propaganda al servicio del régimen y como un instrumento para transmitir valores morales. No es extraño pues que esté marcado por una fuerte connotación tradicionalista. Abunda así el cine folclorista y popular. Películas como “La niña de la venta” (1951) o “Pena, penita, pena” (1953) ejemplifican bien este modelo cinematográfico en el que el vino sigue estando presente y continúa apareciendo en contextos populares. En este último filme asistimos a una escena en la que se invita a la protagonista a tomarse un “chatito de manzanilla” y se hace incluso una publicitación explícita del Coñac “Terry”.

 

Por supuesto, en esos años existen también títulos que escapan a ese modelo de la misma manera que “escaparon” a la censura. Es el caso de “Surcos” (1951) o “Muerte de un ciclista” (1955). En ambas se hace presente el vino, aunque en contextos bien diferentes. Si la primera es una película de denuncia social que explora los problemas de las clases populares, la segunda constituye una aguda crítica de la clase social dominante.

 

Y existen también en esos años algunos títulos singulares en lo que a la presencia del vino se refiere. Es el caso de “Marcelino Pan y Vino” (1954), basado en la novela homónima de José María Sánchez Silva. Filme en fuerte consonancia con los valores de la época, resulta importante para el tema que nos ocupa por el valor -casi sagrado- otorgado al vino.

 

A partir de los años 60 se observan ciertos cambios en relación a la presencia del vino en las películas. Dicha transformación está en consonancia con los propios cambios sociales acaecidos en el país; entre ellos, la consolidación de la clase media y un (cierto) aperturismo que tuvo su traducción, entre otras cuestiones, en el despegue del turismo. Como no podía ser de otra manera, el cine -que continúa siendo en esas fechas instrumento de propaganda y de imagen de país- incorpora esos cambios. El vino aparece ahora instalado en las mesas de comedor de las familias de clase media, junto a la televisión, verdadero emblema del ascenso social. Basta con ver “La familia y uno más” (1965). Y aunque no abandona el mundo popular de bares de barrio y tabernas, podríamos decir que se sofistica, apareciendo en entornos menos populares y más glamurosos. Al tiempo, surgen películas que buscan promocionar la imagen de España y que se ruedan en bodegas. Uno de los ejemplos más evidentes es “En Andalucía nació el amor” (1966), rodada en las bodegas de González Byass.

 

Un caso singular de la década de los 60 es la película “El extraño viaje” (1964), basada en el llamado “Crimen de Mazarrón”. Narra, con cierto aire costumbrista y algo esperpéntico, la vida y miserias de una familia de un pueblo español. Lo interesante para el tema que nos ocupa es que una de las protagonistas es asesinada y su cuerpo tirado dentro de una gran tinaja de vino. Se trata de una escena memorable.


Singulares e inclasificables son también las películas de Buñuel. En muchas de ellas, el director aragonés incorporó escenas en las que el vino cobra una importancia fundamental. Tal es el caso de “Viridiana” (1961) -en la famosa escena de la Última Cena- o “El ángel exterminador” (1962), donde el vino aparece en la cena del inicio de la película y también el champán en la surrealista escena de los corderos [1]. El valor otorgado por Buñuel al vino se refleja en una famosa anécdota vivida por Paco Rabal; el actor cuenta que cuando el productor Barbachano Ponce vino a España para contratarle le sugirió que regalara al director “un revolver y vino de Valdepeñas” [2].

 

En las últimas décadas del siglo pasado y especialmente, en las primeras décadas del siglo XXI, la imagen del vino en el cine español se ha modificado considerablemente. Sin abandonar completamente los ambientes populares, ha ensanchando su horizonte presencial y aparece hoy en contextos muy variados y en momentos muy diferentes. Aunque sigue predominando una presencia asociada a lo social, a lo festivo y a momentos compartidos, vemos también películas en las que el vino adquiere una dimensión más íntima y personal.

 

Entre los títulos recientes que incorporan el vino de manera evidente podemos destacar “Perfectos desconocidos” (2017), película en la que cuatro parejas que se conocen de toda la vida se proponen un juego que pondrá sobre la mesa sus peores secretos. En el filme, el vino -tinto- es una presencia constante.

 

En torno al mundo del vino gira la coproducción española-italiana e iraní “Todos lo saben” (2018), ambientada en un pueblo vinícola de la España interior y centrada en una familia de viticultores.

 

Al tiempo, existen títulos que incorporan como escenarios de la trama a las propias bodegas. Es el caso de la película “El cuarto pasajero” (2022), rodada parcialmente en la Bodega “Marqués de Riscal”, más concretamente en el hotel y en la zona de spa.

 

Sin duda, uno de los títulos recientes más señalados sobre la incorporación del mundo del vino al cine es “El verano que vivimos” (2020); la película -ambientada en el Jerez de los años 50- hace un recorrido a través de sus viñedos y sus llamadas ‘bodegas catedrales’, unos espacios únicos en el mundo. Dichas bodegas constituyen uno de los atractivos enoturísticos más señalados de la zona y han contribuido a que la “Ruta del Vino y el Brandy Marco de Jerez” se haya convertido en una de la más visitadas de España.

 

Es importante señalar que, en el caso particular de los vinos de Jerez, su prestigio es de larga data y ha tenido su reflejo en el cine desde hace décadas: así, por ejemplo, en la película “Volver a empezar” (1982) el hotel donde se aloja el premio Nobel (encarnado por Antonio Ferrandis) le ofrece como regalo de bienvenida una botella de Tío Pepe, entre otros detalles. En un contexto diferente, también es una botella de “Tío Pepe” uno de los regalos ofrecidos en la película “No somos de piedra (1968)”; y en el filme “Un Rolls para Hipólito” (1983), el protagonista ordena a su mayordomo que le sirva un “Tío Pepe”.

 

En cierta manera, todas las referencias anteriores constituyen ejemplos de “Product Placement” avant la lettre, es decir, antes de que esta técnica publicitaria existiera como tal. El ‘Product Placement’ es una técnica de publicidad popularizada en la década de los años 80 que consiste en insertar un producto comercial o marca dentro de escenas y secuencias de películas, series y programas. En el mundo del vino esta técnica ha cobrado fuerza en los últimos años y numerosas bodegas españolas están recurriendo a ella para promocionar sus productos.

 

Un ejemplo claro lo tenemos en “Bodegas El Inicio” quien entre otras producciones ha “colocado” sus vinos en la película “Es por tu bien” (2017). En la misma línea trabaja la Bodega “Grandes Vinos”, nacida en 1997 de la fusión de diversas cooperativas de la comarca de Cariñena. Sus vinos “Anayón Chardonnay” y “Monasterio de las Viñas Cariñena Viñas Viejas” se han hecho presentes en la comedia “Padre no hay más que uno” (2019). Otro caso significativo es la Bodega “Viñas del Vero” quien ha conseguido que uno de sus vinos más celebrados, “Viñas del Vero Gewürztraminer” (D. O. Somontano, en Huesca), aparezca en la película “Madres paralelas” (2021), de Pedro Almodóvar. Este vino “marida” una conversación entre las actrices Penélope Cruz y Milena Smit. No es la primera vez que vinos de esta bodega aparecen en una película de Almodóvar: en 2013, este mismo Gewürztraminer apareció en “Los Amantes Pasajeros” y en 2016, fue el “Viñas del Vero Chardonnay” el que apareció en el filme Julieta”.

 

Es difícil saber hasta qué punto la introducción de estos vinos dentro de las películas incide de manera directa en su consumo. Lo que es indudable es que proporciona a la marca visibilidad y potencia el recuerdo que permite asociar el consumo de vino a momentos especiales, bien sean estos los vividos por los protagonistas de las películas, o los vividos por los propios espectadores pues su asistencia al cine no deja de ser un momento de disfrute. Introducir el vino en las escenas cotidianas de la vida, de una manera natural, huyendo del formato estándar y explicito, es una de las técnicas publicitarias que mejor funcionan. Al mismo tiempo, permite crear vínculos especiales entre las marcas y los espectadores. Finalmente, en el caso de las bodegas, de los viñedos y de los pueblos vitivinícolas, su aparición en las películas constituye un extraordinario medio de promoción que, sin duda, puede contribuir en gran medida a despertar el interés por conocerlos y, en suma, a favorecer e incrementar el enoturismo.

 

Aunque en este breve repaso nos hemos centrado en el cine no queremos dejar pasar la oportunidad de mencionar dos series emblemáticas: (la muy longeva) “Cuéntame” (desde 2001) y “Gran Reserva” (2010-2013). En la primera, uno de sus protagonistas (Antonio Alcántara) consigue cumplir su sueño de crear una bodega, un negocio que constituye una suerte de símbolo de unión familiar y, sobre todo, de regreso a las raíces. La bodega real en la que se ubica la bodega de la serie es “Finca Loranque”, en Bargas, muy cerca de Toledo. En el caso de “Gran Reserva”, la serie está ambientada en La Rioja y se centra en dos familias dedicadas al mundo del vino. No hay duda de que esta última producción contribuyó de manera significativa a publicitar el paisaje y los viñedos de esta región, así como a familiarizar a los espectadores con el mundo del vino. Lugares como Briones (Lasiesta en la serie) o la Finca Valpiedra, cerca de Ceniceros (donde se rodaron la mayoría de los exteriores de la serie) se convirtieron en parada obligada para los enoturistas que recorrían la zona.

 

Lo que es indudable es que son innumerables las películas españolas en las que sus personajes beben vino, disfrutan con el vino, se “confiesan” mientras beben vino, celebran con vino, lloran con vinoEn algunas ocasiones, el vino sirve incluso para dar forma a la personalidad de los propios protagonistas o se convierte en parte esencial de la trama. Y es que no hay duda de que hay vinos que son de película…..

 


[1] Sobre la importancia otorgada por Buñuel al vino véase http://www.tacovin.com/pdf/vinaletras2019/cap5.pdf

 

 

 
 
 

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© Cocó Malbec (textos e imágenes)

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