LA UVA MISIONERA
- Cocó Malbec

- 14 may
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Hay uvas que son y hacen historia. Es, sin duda, el caso de la denominada “uva misión”. Esta variedad de vitis vinífera llegó al Nuevo Mundo desde las islas Canarias en el siglo XVI de la mano de los conquistadores españoles. Fue la primera en cruzar el Atlántico y, durante siglos, mucho antes de que variedades como la Cabernet, la Malbec o la Pinot Noir impusieran su dominio en los territorios americanos, la “misión” fue la uva por excelencia.
Diversas crónicas que abordan el proceso de colonización del continente señalan a los franciscanos como los responsables de su introducción en estas tierras. Lo que no queda claro es si trasladaron los clones directamente desde la Península Ibérica o los recogieron durante sus escalas en las Islas Canarias.
El vino era parte esencial de la vida cotidiana; era alimento y también medicina. Pero, sobre todo, era un elemento esencial de los ritos cristianos por lo que era indispensable disponer de él. No es extraño pues que las Órdenes religiosas jugaran un papel esencial en el desarrollo y expansión de los cultivos en el Nuevo Mundo ya que esto les aseguraba el abastecimiento continuo y la posibilidad de producir in situ el vino litúrgico sin depender de la metrópoli.
Los jesuitas jugaron un rol fundamental en este proceso: desde fechas tempranas plantaron viñedos y bodegas en regiones muy diversas, marcando el inicio de la tradición vitivinícola americana. En 1767 se produjo la expulsión de la Orden de todos los dominios de la Corona de España. Fueron entonces los franciscanos quienes asumieron el rol que hasta ese momento habían tenido los jesuitas. Un personaje fundamental en este proceso fue fray Junípero Serra. Junto a otros miembros de la Orden franciscana partió desde México hacia el territorio de la Alta California llevando consigo vides. En 1769 fundaron la Misión de San Diego de Alcalá (hoy San Diego) y siguiendo el llamado Camino Real hacia el norte continuaron las fundaciones. En todas las misiones que se erigieron a lo largo de esta ruta (nueve en vida de fray Junípero), se plantaron vides. De alguna manera podemos decir que fray Junípero es el padre de los vinos de California, hoy en día una de las zonas más reputadas del mundo en lo que a producción vinícola se refiere. A esa variedad que los franciscanos llevaron a Estados Unidos desde México se la llamó “Mission grape”, es decir, la uva misionera.
Lo cierto es que arribada a América, esta variedad encontró las condiciones óptimas para su cultivo y se convirtió en la protagonista indiscutible de la viticultura americana. Su notable resistencia, su capacidad para adaptarse a terrenos muy diferentes y a condiciones climáticas extremas (incluidas regiones áridas y semiáridas) propiciaron su expansión desde California hasta los valles que se extienden al sur del subcontinente, junto a la cordillera de los Andes (en lo que hoy son Chile y Argentina). Arraigada en el territorio comenzaron a aparecer entrecruzamientos y mutaciones genéticas que derivaron en variedades nuevas. Y así, en cada región donde prosperó su cultivo la variedad fue rebautizada con un nuevo nombre. Por esa razón es conocida como "criolla" en Argentina, "país" en Chile, "misión" en México y "mission" en California. Esa multiplicidad de apelaciones dificultó durante años su identificación y el rastreo de su procedencia. Se sucedieron las hipótesis y los posibles orígenes hasta que en 2007 un equipo de investigadores del Centro Nacional de Biotecnología de Madrid desentrañó el misterio. Se reveló entonces que la uva misionera poseía un genuino origen hispano: las muestras de ADN analizadas –y que habían sido recogidas en viñedos de Argentina, Bolivia, Chile, Perú y California– demostraron que la genética de esta variedad es la misma que la de la Listán prieto. Una uva que, por cierto, se cultiva aún hoy en las Islas Canarias.
Aunque inicialmente la misión se utilizaba principalmente para vinos vinculados a los ritos cristianos, con el paso del tiempo su uso se expandió a todas las esferas de la vida dando lugar a vinos de mesa y vinos fortificados dulces.
Su versatilidad hizo que la variedad fuera dominante en la producción de vino de buena parte del continente hasta el siglo XIX. Sin embargo, la penetración de nuevas variedades europeas que ofrecían una mayor diversidad organoléptica y condiciones más adecuadas para la elaboración de vinos de gama más alta terminaron por relegar a esta uva.
No obstante, como ocurre con otras tantas variedades en todo el mundo, en estos últimos años numerosas bodegas y vinicultores de todo el continente están apostando por esta uva, considerada una variedad con una fuerte impronta patrimonial. Se reivindica así su importancia histórica pues no en vano posee un rol fundamental en la historia de la vinicultura americana. Y, sobre todo, constituye un verdadero ejemplo de la capacidad de esa maravillosa planta que es la vid para adaptarse a nuevos entornos, moldear los paisajes y generar identidades.



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