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Más emoción y menos fermentación

  • Foto del escritor: Cocó Malbec
    Cocó Malbec
  • 20 oct 2025
  • 3 min de lectura

Como bien sabemos, el enoturismo es una actividad íntimamente ligada a las emociones. Éstas constituyen un elemento indispensable de la experiencia enoturística ya que sirven no sólo para atraer a los clientes sino, sobre todo, para conquistarlos.

 

Uno de los grandes retos para las bodegas es abandonar la idea de que las actividades enoturisticas vinculadas a las catas consisten, simplemente, en la degustación de los vinos producidos en las mismas. Por otro lado, muchas de las propuestas reproducen un mismo patrón lo que provoca un efecto de déjà vu en los visitantes. Sin embargo, el mayor de los peligros asociados a muchas de estas catas es que, en numerosas ocasiones, éstas se acompañan de profusas descripciones técnicas y de un lenguaje que para muchos de los visitantes resulta extraño -cuando no poco accesible- lo que puede provocar frustración en los enoturistas al sentir que no “están a la altura” de los contenidos expuestos por los guías. Finalmente, el tipo de puesta en escena de estas catas -marcadas por la hegemonía del experto, el único que habla-, provoca la exclusión del visitante y anula -en gran medida- su capacidad participativa.

 

Frente a esas catas “profesorales” y marcadamente técnicas, las catas experienciales se centran más en sorprender a los enoturistas y en hacerlos disfrutar: se trata, fundamentalmente, de liberarlos del miedo a no saber y a no ser capaces de reconocer ni distinguir sutilezas técnicas; de darles la oportunidad de permitirse el error y de involucrarlos en un aprendizaje proactivo. Todo ello con el fin de despertar emociones y hacerlos vivir una experiencia única, centrada en ellos mismos.

 

Por esa razón, creemos que es indispensable apostar por las neurocatas. Los objetivos de este tipo de cata son, fundamentalmente, dos: generar disfrute y transmitir pasión en torno al mundo del vino. Para conseguirlos, es importante hacer uso de dos herramientas fundamentales: la neuroeducación y la neurofelicidad. Se trata, básicamente, de lograr que los enoturistas disfruten mientras aprenden y, también, que aprendan a disfrutar. El gran reto de los conductores de este tipo de catas es abandonar su condición de simple “guía enoturístico” para convertirse en un mediador y, sobre todo, en un generador de felicidad capaz de trasmitir a otros su propia pasión por la enología.


El primer elemento a tener en cuenta para el buen desarrollo de una neurocata es generar un entorno de confianza. Es importante “romper el hielo” y lograr que las personas que participan se sientan cómodas y pueden ser ellas mismas.


Pero, sobre todo, es fundamental que los participantes se liberen de la carga transmitida por los discursos predominantes en las catas, profundamente técnicos, que inducen a encontrar en los vinos notas específicas; notas que están fuertemente determinadas y mediatizadas por el entorno cultural, sobre todo por los patrones de los principales países productores. Al tiempo, hay que animar a los enoturistas a que conecten los olores que van descubriendo a lo largo de la cata con recuerdos positivos especialmente significativos para ellos. Hay que transmitirles que no hay respuesta mala y que un vino puede olernos a cosas muy diferentes, incluso al bizcocho que nos hacía nuestra abuela para merendar.


Apostar por las neurocatas no es sencillo. Supone, entre otras muchas cosas, cambiar nuestra perspectiva y abandonar el papel de guías para convertirnos en mediadores. No obstante, creemos que merece la pena apostar por estos viajes sensoriales. Todo con el fin de lograr que los enoturistas disfruten mientras aprenden y, que liberados del peso de los tecnicismos, aprendan a disfrutar. No hemos de olvidar que una cata debe ser, antes que nada, una experiencia generadora de emoción y felicidad.

 
 
 

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© Cocó Malbec (textos e imágenes)

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