fuera de ruta
- Cocó Malbec

- 17 ago 2025
- 5 Min. de lectura

La creación de un producto turístico específico como es una Ruta del Vino permite englobar las actividades relacionadas con el mundo vitivinícola que se realizan en un territorio determinado lo que contribuye a incrementar la competencia, la colaboración y el vínculo informal entre las empresas y las instituciones existentes en el mismo. Además, la creación de un clúster permite generar una cadena de valor al poner en contacto diferentes industrias y entidades ubicadas en un territorio geográfico concreto y bien delimitado. La interacción y, especialmente, la concertación entre los diferentes actores ubicados en dicho territorio conduce a la generación de estrategias comunes de calidad y operatividad, lo que contribuye a reducir los costes, mejorar la eficiencia y aumentar la competitividad.
Al mismo tiempo, la creación de una Ruta del Vino permite crear una oferta diferenciada y bien posicionada en el mercado y, en consecuencia, atraer a un mayor número de enoturistas. Por otro lado, la creación de una Ruta del Vino puede contribuir también a revalorizar la imagen del mundo rural, a potenciar el conocimiento sobre el patrimonio material e inmaterial de los territorios por los que transcurre la Ruta, y a conservar, difundir y renovar la tradición cultural y gastronómica. Finalmente, su carácter de producto turístico desestacionalizado contribuye a la generación de puestos de trabajo estables en el medio rural favoreciendo la fijación de población al territorio, algo especialmente importante en la (mal) denominada “España vacía”.
Pertenecer a un clúster permite a las bodegas disfrutar de las ventajas derivadas de la existencia de una cadena de valor dentro del territorio en el que se ubican. Al tiempo, su inclusión en una Ruta les permite participar de estrategias comunes de calidad y operatividad, lo que contribuye a reducir los costes y mejorar la eficiencia. Las bodegas insertadas en las Rutas del Vino se benefician además de las estrategias de difusión asociadas a las propias Rutas; entre otras, señalización, acciones de promoción y apoyo a la comercialización. Aunque la adhesión a una Ruta implica no pocos esfuerzos y, en algunas ocasiones, importantes modificaciones para adecuarse a la normativa que las rige -lo que significa en muchos casos realizar inversiones-, la mayor parte de las veces dichos esfuerzos son compensados con resultados y beneficios; entre otros, visibilidad, aumento del flujo de visitantes, mayor gasto por parte de estos, más ventas directas y mayor nivel de fidelización. La existencia misma de una Ruta genera sinergias de las que se benefician no sólo las bodegas sino todos los establecimientos que forman parte de la misma.
Pese a las indudables ventajas que supone la pertenencia a un clúster hemos de señalar, no obstante, que -en algunas ocasiones- las bodegas simplemente no tienen la posibilidad de adherirse al mismo.
Es el caso de muchas bodegas en España. Aquí, cada una de las Rutas del vino certificadas está vinculada a una Denominación de Origen por lo que es indispensable estar dentro de la DO para poder formar parte de la Ruta. Que las Rutas del Vino se articulen en torno a una DO no es una casualidad porque, como bien han señalado Jorge-Martín & Fernández Portela [1], esto permite una conexión directa entre las características del producto y su origen; las DO generan sentimiento de pertenencia a una comunidad y a un territorio y ofrecen una percepción de sello de calidad. No es extraña pues esa vinculación.
Pero esta unión entre Rutas y Denominaciones tiene como consecuencia que aquellas bodegas ubicadas fuera de una DO no tienen la posibilidad de adherirse a este programa y, en consecuencia, de disfrutar de las ventajas derivadas.
Es indispensable recordar que el diseño de las Denominaciones de Origen españolas es el fruto de decisiones político-administrativas en las que se hacen presentes diferentes intereses (públicos y privados) y, claro está, luchas de poder. Aunque durante el proceso de delimitación de las DO se tuvieron en cuenta aspectos históricos, culturales, geográficos y edafológicos (entre otros), lo cierto es que algunas de ellas presentan un trazado singular que deja fuera a lugares emblemáticos de los territorios por los que discurren [2].
Es indudable que las bodegas ubicadas fuera de Ruta lo tienen mucho más complicado. Diferentes trabajos (Cortina 2017 y 2019) han puesto de manifiesto que las bodegas no integradas dentro de una Ruta del Vino tienen mayores dificultades a la hora de atraer y fidelizar a los enoturistas. La no pertenencia al clúster impide a estas bodegas insertarse y participar de los beneficios generados a partir de la interacción de las diferentes industrias y entidades existentes en los territorios en los que esas bodegas se ubican. La no inclusión en esa red constituye además un hándicap a la hora de promocionar las propias bodegas y las actividades enoturísticas que realizan; la visibilidad de las mismas es mucho menor y se ven forzadas a trabajar de manera independiente y desconectada. Esto implica además una fuerte inversión, tanto de tiempo como de recursos (financieros y humanos) que muchas bodegas no están en condiciones de afrontar lo que, finalmente, repercute en su capacidad para desarrollar actividades enoturísticas.
A pesar de todo, la no pertenencia a una Ruta no debería desanimar a aquellas bodegas que deciden apostar por el enoturismo. Creemos que los obstáculos pueden vencerse con (mucho) trabajo, (mucho) esfuerzo, constancia y creatividad. He aquí algunos consejos que pueden ayudar en la aventura:
1. Definir claramente el público objetivo al que nos queremos dirigir.
2. Adecuar la oferta a la demanda y no pretender abarcar más allá de nuestras posibilidades.
3. Usar activamente las redes sociales.
4. Recordar siempre que la actividad esencial de la bodega es la producción de vino y que lo más importante es garantizar la calidad del producto principal.
5. Generar un vínculo emocional con la gente que nos visita.
6. Convertir la bodega en un instrumento para transmitir los valores culturales y patrimoniales del entorno en el que se ubica.
7. Hacer de ella un espacio único y auténtico en el que vivir experiencias inolvidables.
No quiero dejar pasar la oportunidad de animaros a explorar nuevos senderos y a transitar por caminos poco conocidos. En muchas ocasiones, salirse de la ruta fijada permite descubrir auténticas maravillas. Y esto vale tanto para el ámbito del enoturismo como para la vida en general.
[1] Jorge-Martín, R. & Fernández Portela, J. (2024). Enoturismo como elemento de promoción y venta en las Rutas del Vino de España en Castilla-La Mancha. Investigaciones Geográficas, (82): 187-207. https://doi.org/10.14198/INGEO.26191
[2] Es el caso, por ejemplo, de la DO Rueda, nacida en 1980 y que se extiende por diferentes provincias de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, entre otras, Ávila. En el caso particular de esta provincia, la DO Rueda incluyó en sus límites al municipio de Madrigal de las Altas Torres, pero dejó fuera a la mayor parte de los pueblos que constituyen la denominada “comarca de Madrigal”; entre otros, Moraleja de Matacabras, Castellanos de Zapardiel y San Esteban de Zapardiel. Algo llamativo, máxime si tenemos en cuenta que son precisamente esos pequeños municipios los que albergan viñedos singulares, de pie franco, que resistieron al ataque de la filoxera. Pese a que estos pueblos forman parte de una misma unidad cultural, de un mismo paisaje vitivinícola y producen mayoritariamente la misma variedad de uva que la cabecera de la comarca (verdejo), fueron excluidos del trazado de la Denominación de Origen Rueda. Eso significa que las bodegas ubicadas en esos pequeños municipios no pueden acogerse a las ventajas derivadas de una Ruta del vino simplemente porque no forman parte de la DO.



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